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GPS contra los mentirosos en el Everest

El Gobierno de Nepal controlará vía satélite si quien asegura haber subido a la cima dice la verdad

Alpinistas ascendiendo el monte Everest.
Alpinistas ascendiendo el monte Everest. EFE

Lo primero que hizo Carlos Soria esta semana al llegar a Katmandú fue visitar a Elizabeth Hawley. El alpinista abulense que a los 78 años pretende incluir el Dhaulagiri (8.167m) en su lista de ochomiles no dejó pasar la ocasión de charlar con su vieja amiga, la antigua periodista estadounidense que hoy es considerada la notaria del Himalaya. Pese a que nunca ha puesto un pie en ninguna de las mayores cimas del planeta, Hawley, de 93 años, lleva más de medio siglo documentando cada ascensión y certificando si quien asegura haber subido a uno de estos gigantes dice la verdad o no.

Soria, que a sus años no tiene interés en vender ninguna gesta, no necesita el visto bueno de Hawley. Pero sí hay en el mundo de la montaña, cada vez más mediático, quien busca el protagonismo y el beneficio económico —tener un patrocinador puede asegurar que haya expedición al año siguiente— y miente sobre en qué punto de la montaña se detuvieron sus pasos. A 8.000 metros no hay cámaras ni árbitros. Para otorgar el certificado de ascenso al Everest, el techo del mundo (8.848m), el Gobierno de Nepal exige una fotografía tomada en la cima y el testimonio de un guía sherpa. Pero las autoridades ya han cazado a más de un mentiroso. El sherpa puede mentir, la fotografía puede ser trucada.

Contra la trampa, el Gobierno de Nepal equipará con GPS a algunos montañeros en el inicio de esta temporada, a finales de abril. El sistema de localización servirá para mejorar la seguridad en caso de que necesiten un rescate y para evitar posibles fraudes. Es un dispositivo que ya utilizan algunos alpinistas, un race tracker, para mostrar públicamente a través de la Red en qué punto se hallan en sus expediciones, y que puede llevarse en un bolsillo o en la mochila. “Algunos lo hacen de forma voluntaria, para que la gente les siga y como garantía de transparencia si hacen cumbre”, explica el vitoriano Juan Vallejo, que suma nueve ochomiles, entre ellos el K2 y el Everest sin oxígeno artificial. “Últimamente se duda de todo el mundo. La trampa sobre las cumbres no es nada nuevo, existe desde que el alpinismo existe. Es una tentación muy fuerte. Estás a 100 metros de la cima, ya no puedes más... y te bajas y dices que has subido. Estás solo. Nadie sabrá que has mentido. Cuando comenzó la carrera de los ochomiles y a moverse dinero, aumentó mucho la picaresca. De modo que las montañas han dejado de subirse para uno mismo, sino para el patrocinador”.

Como cuenta Vallejo, la historia del alpinismo es también una historia de mentiras. En los años cincuenta, cuando los alpinistas eran aventureros, exploradores de lo desconocido sin ni siquiera mapas de papel, fue una carrera entre países en la que estaba en juego el orgullo nacional. Alemanes contra franceses contra italianos contra británicos... Una historia que ha dejado grandes misterios, acusaciones de traición, muertos que se llevaron consigo la verdad de lo que pasó ahí arriba. La nieve, el hielo y el paso de los años han tapado esos recuerdos. Hoy la carrera es otra. El Everest se ha convertido en el destino de turistas que pagan a las agencias para ir de la mano hasta la cumbre y regresar con una foto que colgar en el salón de casa y enseñar a las visitas.

“Ya no se cuidan los mínimos, el dar valor a la ascensión. Todo con tal de colgarse la medalla”, lamenta Alberto Iñurrategi, el décimo alpinista en el mundo en coronar los 14 ochomiles. “Para mí, el Everest es un lugar al que llevar mi pasión. Pero estos últimos años he encontrado que la montaña ha sido denigrada”.

La historia dice que el 29 de mayo de 1953 el neozelandés Edmund Hillary fue el primero en coronar el Everest, y que tras él llegó el sherpa nepalí Tenzing Norgay. Pero quizá subió primero Norgay. O quizá alguien que no volvió con vida. No había GPS. Solo ellos saben la verdad, y murieron hace años. Queda la montaña.