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Un año sin Cruyff

El genio holandés no necesita de ningún monumento para ser recordado, su grandeza se manifiesta a diario en multitud de gestos, jugadas o partidos como el de la remontada contra el PSG

El Memorial de Cruyff, el 26 de marzo de 2016.

Hoy se cumple un año de la muerte de Cruyff y el Barça anunciará este sábado cómo piensa honrar su memoria en el Camp Nou. Aunque la directiva ha quedado bien con la familia, ni que sea por los intereses comunes, expresados en las respectivas fundaciones, la sensación es que Bartomeu no ha sabido muy bien qué hacer después de que Rosell desposeyera a Cruyff del título de presidente de honor del FC Barcelona. Ahora mismo parece imposible reparar el ataque estatutario que le dio a una junta dedicada durante gran parte de su mandato a corregir las decisiones tomadas por el anterior consejo presidido por Laporta.

La sensación es que ninguna obra, por más grandilocuente que sea, disimulará el distanciamiento que hubo siempre entre Rosell y Bartomeu con Cruyff, ni que sea por la amistad del holandés con Laporta, cosas de la reforma y la contra reforma, muy propias del mundo culer, incluso en una figura tan universal como la del as volador o, si se quiere, el entrenador que creó el Dream Team, la piedra filosofal sobre la que se ha edificado el éxito del Barça. Los remordimientos no se curan con un monumento y el afecto difícilmente se testimonia con poner el nombre a un campo; toda la buena voluntad de Bartomeu parecerá poca cosa para los seguidores de Cruyff.

Ya hay una estatua que honra a Kubala, la Ciudad Deportiva se llama Joan Gamper, la Masia es obra de Oriol Tort y el campo de entrenamiento se llama Tito Vilanova. No siempre fue buena idea personalizar los escenarios comunes, y menos en el barcelonismo, más cómodo con denominaciones como Les Corts, el Camp Nou, el Miniestadi o el Palau. Y mucho menos desde que el museo fue bautizado como Museo Núñez o la camiseta de Urdangarín cuelga en el Palau con las de Epi o Barrufet. No sería tampoco muy oportuno que el Miniestadi pasara a denominarse Cruyff si se tiene en cuenta que quien más horas pasó en el campo del filial fue su esposa Dany cuando cuidaba de su hijo Jordi.

Al barcelonismo le pierde a veces la mezquindad, no solo cuando se habla de Cruyff, al que algunos le reprochan todavía que solo jugara un año en el Camp Nou y después, ya como entrenador, dilapidara la fortuna que le dio Núñez en fichajes como el de Escaich, Korneiev o José Mari. Hay quien no se ha enterado todavía de que Maradona jugó en el Barça. Y también Ronaldo. Muchos sostienen que el barcelonismo solo se dio cuenta de la importancia de Cruyff cuando se murió y el mundo entero se puso a llorar el Jueves Santo de 2016. Johan Cruyff no necesita de ningún monumento para ser recordado sino que su grandeza se manifiesta a diario en multitud de gestos, jugadas o partidos como el de la remontada contra el PSG.

El 3-4-3 de Luis Enrique evoca al Dream Team de la misma manera que Messi recuerda a Cruyff cuando tira un penalti indirecto como pasó contra el Celta. Cruyff fue jugador y entrenador y el cruyffismo se expande porque muchos de sus futbolistas son hoy técnicos de equipos como el Manchester City. No hay un cruyffista más radical que Guardiola. El impacto de su obra es gigantesco, igual que su eslogan de “salid y divertiros”, seguramente porque su secreto recaía en una cosa tan sencilla como la pelota y el rondo: el juego dependía de un segundo y de un centímetro, una fórmula por la que todavía se mide hoy el fútbol del Barça.

La velocidad y la técnica del juego cambiaron con Cruyff de la misma manera que también el fútbol se mira de manera diferente, prueba de que siempre fue un revolucionario y un contracultural, en Holanda y en Barcelona. No es extraño que se le eche de menos, incluso como consejero o asesor áurico, aburrido y pesaroso como se ha vuelto en general el fútbol, presa de la zona confort y entregado a la inspiración de solistas como Messi. Y es que Cruyff se hizo célebre e hizo famoso al Barça sin Leo Messi. Un mérito enorme en una persona alegre, divertida e innovadora, resumida en la fotografía de Jordi Cotrina que presidió su memorial en el Camp Nou.

Así que su legado difícilmente se expresará de forma material por más que se esfuerce Bartomeu. Cruyff simboliza una manera de jugar, de pensar, de vivir y de sentir. Irreverente por naturaleza, nunca se llevó bien con los que mandaban porque se sentía el hombre más poderoso del mundo. Si hoy resucitara, echaría a todos los mercaderes del templo y montaría un partidito en Vallfogona de Riucorb, un pequeño pueblo de Tarragona que en su momento hizo la cosa más natural del mundo y que ahora se ha convertido en un asunto de difícil solución: poner una calle a nombre de Cruyff. A fin de cuentas, JC también aprendió a jugar a fútbol en la calle, cerca del campo del Ajax. Allí empezó todo.

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