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Pinchazo de Contador contra la monotonía

Albasini vence en un sprint desordenado en la segunta etapa de la Vuelta al País Vasco

Albasini vence en la llegada al sprint.
Albasini vence en la llegada al sprint. EFE

¡Qué era aquello! Contador, otra vez Contador circulando tras la hilera de coches de carrera, que si este del Soudal, que si aquel del Quick Step, que otro más y otro más, en una fila interminable. Y el pelotón por delante midiendo el momento de cazar a os fugados, Maté, de Marbella, sempiterno, y Ferrari, uruguayo, tan lejos de casa y de la meta. Y Contador por detrás sorteando coches, rozando casi el manillar con los retrovisores. Falsa alarma. Un pinchazo. Otra vez Contador metido en líos. Solo un par de kilómetros, para animar una etapa plomiza bajo un cielo plomizo, mitad gris perla, mitad gris lluvia, para deleite de los sprinters, incitación para los aventureros por si los primeros se duermen, se despistan entre las tierras marrones oscuras, marrones claras, semirrojizas, y las viñas desplumadas en busca de otro renacimiento.

Pero no se despistaron, porque vienen para eso, no para permitir la aventura de Maté y de Ferrari, escapados desde el primer kilómetro, ni la de Igor Antón y Bagot que lo hicieron en la parte final en busca de no se sabe qué, cuando los dientes de los velocistas ya hacían sangre en las encías. Entre el olor a vino, que es en la Rioja Alavesa como el olor a aceite en tierras de Córdoba o Jaén, penetrante y adormecedor, navegaron los fugados a sabiendas de que destino era el penal del pelotón o, quién sabe, si incluso menos, o más, quizás la amnistía del sacrificio baldío, que no es poca cosa.

Eso ocurrió a 18 kilómetros de meta, cuando el pelotón de los Orica, Movistar, Quick Stepp o Lotto Soudal, engullo a Maté, que resistió un poco más que su colega uruguayo (Antón y Bagot apenas dieron un paseo entre el marrón y el rojo de los campos). Y comenzó la otra pelea, la de verdad, la de los últimos 10, 5 kilómetros, uno quizás, cuando los nervios se convierten en nervio y los riñones se alían con las piernas como el acelerador con el pie en los automóviles.

Y la etapa tan ordenadita, tan previsible, tan común en el ciclismo actual, concluyó con un sprint desordenado, larguísimo, con aspecto alternativo. Sprint para ciclistas poderosos más que tácticos, para los que aprietan los dientes sin miedo a la caries. Y lo ganó Albasini, un suizo del Orica, con el riñón más poderoso que Richeze, un argentino, y el belga De Bie, sobrino del que fuera campeón de ciclo cross a finales de los 90 e hijo de ciclista. De casta le viene al galgo, pero le faltó un metro más para vencer al suizo.

Y en la memoria, Contador y su pinchazo, como el lunes fue Contador y su caída amortiguada por el césped. Contador en todas y en todo.

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