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Celebración

Aunque contenerse tiene mérito, no tiene gracia. Si precisamente yo me acerco al fútbol es para no hacerlo, al menos durante 90 minutos

Marcelo, en el Madrid-Atlético del sábado.
Marcelo, en el Madrid-Atlético del sábado. Getty

Esto prometí no contarlo, pero ya ha pasado una eternidad: cuando supe por un WhatsApp que el PSG había marcado en el Camp Nou, abandoné la cena en la que estaba y dediqué a varios culés, elegidos al azar en mi agenda, unas risas básicas por haberse quedado fuera de Europa en Champions. Ya relajado, me entretuve en la calle fumando un pitillo, hablé con otros clientes que estaban en las mismas (fumando, no humillando a sus amigos) y cuando volví a la mesa el móvil empezó a encenderse una y otra vez de tal manera que parecía haberse estropeado. Pero no era Apple lo que se había estropeado: era mi vida.

Lo curioso era que yo en el fútbol soy cauto, temeroso y cobarde. Con el 0-4 del Madrid en Múnich no quise ver el descuento por sabe Dios qué clase de horrenda remontada nos había preparado el destino. En el Barça-PSG ocurrió que me relajé, que es algo que no se puede hacer nunca: relajarse. En el caso de los madridistas, club juzgado no en jornadas ni temporadas, sino en paquetes de 50 años, con más motivo. Y la Liga está en un momento en que a veces hay que esperar al martes para poder celebrar un gol que se marca el sábado. Le ocurrió esta jornada al Barça, que jugó detrás de un empate blanco, y le ha ocurrido en otras ocasiones al Madrid. Los dos grandes piensan que las victorias dependen de su estado de ánimo, no cuentan con el estado de ánimo de los demás.

Aunque contenerse tiene mérito, no tiene gracia. Si precisamente yo me acerco al fútbol es para no hacerlo, al menos durante 90 minutos. Que se me pida contenerme 180, o una semana, me parece excesivo: he llegado a celebrar goles que sabía anulados de antemano y dirigirme después enloquecido a un línier imaginario en el salón. Yo soy fan póstumo de Peter Biaksangzuala, jugador de una liga india que marcó un gol y murió en la celebración por hacer mal la última de las seis volteretas.

El sábado el exbarcelonista Sandro no quiso ser uno de esos: no se contuvo él y no se contuvo Suárez, que se puso a gobernarle las emociones al chaval. Celebrar empieza a estar mal visto de todas las maneras. El punto de mierda del Madrid a las seis de la tarde fue un punto de oro a las once. El camino que se recorre entre esos extremos es el que recuerda que la Liga no es una competición de dos equipos, y aunque en abril el resto ya no aspire a ganarla, sí puede decidir quién lo hace.

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