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Sergio García ocupa su sitio

El golfista castellonense llena el hueco en la dinastía de Seve el año en que se estrenaba en Augusta Jon Rahm, el siguiente señalado

Severiano Ballesteros y Sergio García, durante un entrenamiento del Masters de Augusta en 1999.rn
Severiano Ballesteros y Sergio García, durante un entrenamiento del Masters de Augusta en 1999. reuters

La primera vez que Sergio García se preparaba para patear en el 18 y ganar el Masters, los comentaristas recordaron enseguida aquella otra ocasión, de 2007, cuando en Carnoustie dispuso de un putt similar para llevarse el Open británico. Y lo falló. En el desempate, el torneo se lo llevó Padraig Harrington. También recordaron otros casi pero no suyos: el US Open en 2002 y 2005; el PGA en 2006 y 2008; otra vez el Open en 2014. Hasta este domingo, en cuanto García se colocaba a un paso de la gloria, la memoria colectiva rescataba una película recopilatoria de su carrera, que más parecía que acabara de morir, y que ese repaso que ve el moribundo en el último instante se encontrara esta vez al alcance de todos.

Eso le sucedía cuando se situaba muy cerca del triunfo. Si estaba más lejos, lo incluían en un relato bien distinto. El viernes, dos días antes del putt del 18, varios periodistas británicos le preguntaron: “¿Sabes que tu victoria el domingo podría coincidir con el 60 aniversario de Seve?”. Desde que irrumpió en el circuito, se ha confiado en que García ocuparía la siguiente posición de esa dinastía golfística española que fundó Severiano Ballesteros y continuó Olazabal. Esa cadena de susurros de leyenda a leyenda en la que Seve dejaba en el vestuario de Augusta mensajes a Olazabal y, años después (el pasado miércoles), éste enviaba otros a García. Después de 73 grandes sin triunfo, aún se confiaba en que se amarrara al hilo de esa madeja y que así la gloria no se saltara una generación. Al menos hasta que García se acercó a poco más de un metro del Masters, en el 18: entonces regresó el documental que parecía de moribundo y, en efecto, Sergio García se murió. Otra vez.

Para muchos, la consistencia que apreciaban en aquel recopilatorio de recién fallecido lo explicaba todo: la maldición, tan manoseada. Mientras se repasaba aquello, sin embargo, García debía dar un golpe, y ese golpe también contenía algunas razones. Como explicó luego, la bola no cayó hacia donde siempre había caído. Y no entró. Sus palabras sonaban muy distintas de aquel célebre lamento suyo de 2014: “Quizá no valgo para ganar un grande”. No es tan fácil.

En realidad, el Masters, cualquier grande, se pierde constantemente. A veces antes del primer tee: a Dustin Johnson, el número uno del mundo, se le esfumó sin pegar un solo golpe, al caerse por las escaleras de la casa donde se alojaba. Se pierde también en los dos bogeys que García enlazó en el 10 y el 11. Salvo que vaya uno esquivando todo eso. Por ejemplo, con un birdie en el 14 y un eagle en el 15 que eviten que los bogeys se añadan a la recopilación de la catástrofe. Se pierde también en el último putt que falló en el 18. Como en Carnoustie. Salvo que se regrese al mismo hoyo 18, para el desempate. Allí se encontró el español la segunda vez con dos oportunidades para ganar el Masters. Podía incluso acercarse con el primer golpe y rematar con el siguiente. Acertó con el primero y se desenganchó de esa vieja cadena de desilusiones que arrastraba cual bola de presidiario. Abandonó aquel hilo para amarrarse al otro, que llevaba tiempo esperando por él, y entonces, ya vestido de verde, pidió que lo sentaran junto a Olazabal en el vestuario de los campeones.

Consiguió ocupar su hueco en la dinastía de Seve el año en que se estrenaba en Augusta Jon Rahm, el siguiente señalado. Justo a tiempo de que el legado no se saltara su generación. Llenó esa laguna y también, de algún modo, el vacío dejado por los golfistas en las dos décadas prodigiosas del deporte español.

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