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La vuelta del viejo barcelonismo

La verdadera fuerza reside en saber convivir con la derrota, levantarse siempre y mirar al frente

FOTO: Aficionados del Barcelona mueven sus banderas tras la derrota. / VÍDEO: Declaraciones de Luis Enrique tras el partido.

“La vida tiene diversas y curiosas formas de recordarte quién eres”, lo escuché en una serie de abogados a la que suelo recurrir cuando las derrotas del Barça me empujan a retorcer la realidad reclamando justicia. Y es cierto. Te pasas décadas enteras soñando con la jubilación y aborreciendo un oficio cualquiera - pongamos que el de marinero- hasta que un día te rompes una pierna, el médico te concede una baja de seis meses y a las dos semanas te descubres añorando el perfume del salitre y el calor de una copa de aguardiente en la cantina del puerto, incapaz de reconocer al estúpido aquel que escupía e insultaba al mar tras cada lance.

Algo así nos sucede a varias generaciones de aficionados culés, supongo. Instintivamente, como esos polluelos que se arrojan desde sus nidos queriendo volar, fuimos moldeando la angustia perpetua y el agravio comparativo hasta convertirlos en nuestras señas de identidad, en el verdadero motor de nuestro sentimiento futbolístico: veníamos al mundo a sufrir, nacíamos para perder porque la contracultura consistía en morir con la camisa planchada y el dedo corazón levantado. Ser del Barça suponía militar en la resistencia, ejercer como vanguardia romántica del contrapoder.

Habíamos interiorizado de tal forma nuestro papel que nos vimos empujados a adaptarnos sobre la marcha al triunfo constante y a esa sensación, un tanto perturbadora, de que todo estaba bajo control, de que todo iría bien. A veces perdíamos, claro; no se puede ganar siempre. Pero había algo que nos mantenía serenos y confiados: la certeza de que hacíamos las cosas mejor que nadie y de que tan solo el infortunio nos podía apartar, puntualmente, de la merecida gloria. Es curioso como a Pep Guardiola, a quien tan a menudo acusamos los propios culés de tantas cosas, nunca le reprochamos habernos confinado en una casa de papel, en una pompa de jabón brillante y tacto suave que, por fuerza, habría de estallarnos en la cara algún día.

Anoche, frente a la Juventus, sentí el estallido: ¡Bum! Tan solo un culé amamantado en las estrecheces anteriores al cruyffismo puede reconocer la dicha en la derrota, esa alegría explosiva al comprender que estás de vuelta, que has recuperado tu verdadero sitio en el mundo. Querer ganar siempre es un deseo poderoso pero también vulgar, cualquiera puede albergarlo. La verdadera fuerza reside en saber convivir con la derrota, levantarse siempre y mirar al frente, amenazar con el mentón, mostrar la otra mejilla, rebelarse contra la realidad. En eso consistía ser del Barça no hace tanto tiempo y todo apunta a que así volverá a ser más temprano que tarde: la receta de Cruyff ha volado por la ventana y aquel nuñismo de pechos agrios que nos amamantó durante la infancia ha vuelto disfrazado de tecnócrata biberón.

Los árbitros, las manos negras, el centralismo, los hilos de los palcos, la malvada prensa y Football Leaks. La adoración al balance económico, el desprecio a la cantera, el calor de los fichajes en verano y la mala sombra en primavera. El viejo barcelonismo ha vuelto para quedarse y no diré que me alegre pero tampoco que me sorprenda. La vida me ha recordado quién era yo y no pienso negar que he vivido todos estos años en posición ilegal, en un clarísimo fuera de juego: tan sólo denunciar que a Cristiano Ronaldo, ya se sabe, jamás se lo pitarían.

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