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Azafatas

¿Qué dificulta que esa cosificación de la mujer desaparezca de un día para otro del deporte? En realidad se trata de una mentalidad antigua

GP España MotoGP
Andre Greipel recibe los besos de las azafatas en el podio tras ganar la segunda etapa del Giro. AP

Hay cosas que seguimos haciendo porque ya se hacían antes, y tenemos miedo a complicarnos la vida si las cambiamos. La antigüedad siempre despierta compasión. Tememos más a su pérdida que a su infamia. Definitivamente, nos resulta difícil mover las cosas viejas de su sitio. Preferimos dejar que sea el tiempo el que las cambie. Pero el tiempo se cruza de brazos y fluye, no hace nada, actúa por dejadez. Por eso sobreviven las azafatas bellísimas, con un cuerpo diez, encima de los podios, donde entregan ramos de flores y reparten besos entre los ciclistas, o en el paddock de los circuitos, vestidas con shorts, para sujetar una sombrilla sobre las cabezas de los pilotos, o en los descansos del baloncesto, durante los que bailan y sonríen, a menudo en mallas y top.

Los años no mueven un dedo, los días se almidonan, siempre pasa lo que sucede. Al final, las cosas solo cambian si las cambias tú. Parece difícil. Y sin embargo, algunas cosas muy difíciles se pueden hacer con un dedo, como si fuesen fáciles. Por ejemplo, erradicar la figura de la azafata, abocada por los magnates que controlan ciertas disciplinas deportivas a desempeñar un nocivo rol: ese en el que ha de vestirse para la ocasión y situarse ante el espectador para que la mire, tal vez resople, diga uf, y piense que la vida, con todas sus amarguras, se ablanda si hay un cuerpo femenino en el que clavar los ojos. ¿Qué dificulta que esa cosificación de la mujer desaparezca de un día para otro del deporte? ¿Acaso hay una empalagosa burocracia que salvar? ¿Existen leyes que lo impiden? En realidad se trata de una antigua mentalidad, más recia que las leyes y la burocracia, que justamente cree en ese rol. Les gusta que al final de un gran esfuerzo, en el que unos cuantos hombres compiten y otros ganan dinero, haya una mujer bella esperando para recompensarlo. Qué menos. Y qué vergüenza.

Hace unos meses, el Gobierno australiano suprimió de las pruebas ciclistas y automovilísticas unas azafatas que, elegidas según cierto estándar de belleza, besaban a los ganadores al final de las carreras. Su lugar lo ocuparon jóvenes promesas deportivas de ambos sexos. Por si alguien lo cuestionaba, el ministro de Deportes explicó que prefería “inspirar” a las chicas a ser deportistas, mecánicas o ingenieras, antes que meros estándares de belleza. No tenía sentido, añadió, que el Gobierno pagase a las azafatas a la vez que financiaba tratamientos psicológicos para ayudar a las chicas jóvenes con trastornos provocados por su imagen corporal. Al fin alguien hizo algo por cambiar las cosas. ¿Cundió el ejemplo? Apenas. Los magnates optaron por defender la “tradición” de que una mujer adorne con su figura a los héroes, a la vez que reclama la atención del público que los jalea. Al menos entre los deportistas fue reconfortante escuchar al ciclista Mikel Landa decir que subir a las azafatas al podio equivalía a tratarlas como objetos. Pena que a su alrededor se apreciase solo el silencio, siempre tan preciso en su afirmación.

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