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Gaviria infalible vence en Messina

Segundo triunfo al sprint del colombiano, que viste también la maglia ciclamino de la regularidad

Fernando Gaviria, ganador en Messina de su segunda etapa en el Giro. Ampliar foto
Fernando Gaviria, ganador en Messina de su segunda etapa en el Giro. AFP

A Gaviria le esperaban sus padres en la meta de Messina, y le felicitaron por su victoria, como antes lo había hecho André Greipel, el rival derrotado, que también le cederá la maglia ciclamino, un color muy Giro, primo hermano del morado y del carmesí, que premia al primero en la clasificación por puntos. Por primera vez en este Giro la maglia rosa no cambia de dueño tras la etapa; sigue en posesión del luxemburgués Bob Jungels, compañero de equipo del tan felicitado Gaviria.

Aún estando en terrenos de la Fata Morgana, la que hace errar con visiones falaces a los navegantes en el estrecho, la victoria clara del colombiano, su segundo sprint ganador en el Giro tras el del domingo en Cagliari, otra ciudad isleña y portuaria, no tuvo nada de espejismo, un efecto que sufrió, como un coitus interruptus, el joven (23 años) debutante esloveno Luka Pibernik. Pibernik es compañero de equipo del rey del lugar, el Vincenzo Nibali  llamado el Squalo dello Stretto (El tiburón del estrecho) porque nació y se crió en la Messina siciliana, y, motivado, arrancó con decisión tras la vuelta al ruedo que devolvía al pelotón a la longilínea vía Garibaldi, la larguísima recta de meta. Pasó destacado bajo la pancarta del último kilómetro Pibernik y cruzó destacado la meta, y, sordo al tintineo de la campana que advertía de que quedaba una vuelta al circuito, levantó los brazos en éxtasis feliz, como corresponde. Pero, inmediatamente, se percató, como quien recibe una ducha fría que le vacía el ánimo, de que nadie acudía a felicitarle, ni cámaras, ni fotógrafos, ni periodistas. Peor aún, pocos segundos después, el pelotón le adelantó indiferente a toda velocidad. Como comprobó el joven esloveno, el espejismo de la victoria puede a veces ser peor que la constatación de la derrota.

Quedaban aún seis kilómetros por el asfalto liso de la última ciudad siciliana antes de que el Giro comience, el jueves, a ascender la bota peninsular. El Quick Step del líder y de Gaviria tuvo tiempo para organizar su tren limpio y lanzar al colombiano infalible, de 22 años, a por su segunda victoria. En la recta, el excelente pistard colombiano se manejó con reflejos y decisión. Llegado el momento clave, abandonó la rueda de su lanzador, el argentino Richeze, para saltar a la de Bennett, el irlandés del Bora, que fue el primero de los sprinters en lanzarse hacia la meta. Con seguridad y velocidad, Gaviria le superó y resistió la llegada a última hora del italiano Mareczko.

En el peligroso circuito final, que llamaba a la atención extrema, los favoritos sumaron un día más de lo que se llama cansancio invisible, la fatiga provocada por el estrés adrenalínico a que someten a su organismo en los kilómetros finales de las etapas llanas, los de la lucha por la posición y el nervio.

Los italianos lamentan la ausencia de los suyos en los podios en los cinco primeros días de Giro, una circunstancia que achacan al envejecimiento de su ciclismo (sus campeones pasan de los 30, como los españoles) y rejuvenecimiento tremendo del pelotón, en el que no tienen sitio los locales: exceptuando a André Greipel, todos los triunfadores hasta ahora (Pöstlberger, Polanc, Jungels, Gaviria) han nacido en la década de los 90.

A Gaviria, tan joven y con tanta ciencia en la cabeza y rapidez en las piernas, le apodaron hace unos años El Misil, por su velocidad fulgurante. Él no tardó en abominar del apodo, pues, explicó, más que un artefacto veloz, para él un misil es un arma de destrucción. "No quiero que se asocie más a Colombia con la violencia", dice Gaviria, que es un paisa de La Ceja, municipio vecino a Medellín. Con sus padres en la meta también estaban su hermana, Juliana, y su cuñado, Fabián Chispas Puerta, dos pistards de talento. Tan hiperactivos como su pariente triunfador, Chispas, subcampeón del mundo de keirin, y Juliana, velocista, recorrieron la etapa antes del paso del pelotón, dibujando en los lugares más visibles (en las curvas del descenso de Taormina, donde Gaviria casi se sale, o cerca de las playas de Naxos) corazones y el nombre de su querido. Podrán seguirlo haciendo los próximos días, pero será más complicado que puedan volver a felicitarlo por un triunfo de etapa. Los finales de jueves y sábado, en Terme Luigiane y Peschici, son repechos que harían las delicias de los ausentes Ulissi o Valverde, y en los que seguramente Nibali organizará una nueva guerra de nervios con su temido Nairo. Más probable es un sprint masivo el viernes en Alberobello, aunque un final en kermesse quizás rompa cualquier posibilidad de llegada organizada. Y el domingo llega el Blockhaus, la alta montaña, donde quizás comience un nuevo Giro.