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El Madrid de todos menos tú

Ser entrenador del Real en la victoria es el trabajo con menos responsabilidad del mundo

Zidane, en Balaídos. En vídeo, durante la rueda de prensa posterior al partido. Foto: Getty (Octavio Passos). Vídeo: ATLAS

De Zinedine Zidane se ha dicho lo mejor que se puede decir de un entrenador del Madrid: que no sabe entrenar. No saber entrenar en el Madrid no sólo es garantía de triunfos sino de buen juego, que de este modo sólo se puede atribuir a los jugadores. Lo que ocurre es que el Madrid juega bien oficialmente tan poco que esta temporada está pasando inadvertido, con autogestión o sin ella. Y la verdad es que, en contra de la leyenda, el Real no ha llegado hasta aquí por la pegada, por una serie de misteriosos azares o por la inercia del presupuesto. El Madrid ha jugado partidazos esta temporada, muchos de ellos decisivos, como el de este miércoles.

Lo ha hecho a partir del control del partido, algo inesperado en un conjunto repleto de historias individuales y machadas épicas. Lo ha hecho, por primera vez desde que Ronaldo está en el club, sostenido a golpe de cañonazos por su máxima estrella, normalmente fagocitada en primavera. Y lo ha hecho porque al final su entrenador va a saber un poco de fútbol, un poco de jugadores, un poco de competiciones y un poco también de la vida.

Jugó de la forma más exuberante tras el 2-0 del Calderón, cuando quedarse con el balón ante un batallón suicida era quedarse con una bomba. Y lo volvió a hacer ayer en un estadio humeante ante un rival que se quedó a una pierna de mandar al Manchester de Mourinho a la lona: non un calquera, non un ninguén. Desde el principio y hasta el final, con la sombra de un árbitro ridículo que con 0-2 expulsó a un celtista por dos amarillas inventadas que al menos conseguirá, para el Madrid, disfrazar otro partidazo: siempre hay una batalla sobrevolando otra.

El carro de Isco, el carro de Ronaldo, el carro de Benzema: tres carros semivacíos a mitad de temporada. Carros observados con desconfianza como los camellos averiados de las atracciones de feria, a los que no les entra una bola de casualidad. Y ahora están los tres desbordados de conversos y en fiesta perpetua, sobre todo el del malagueño, que ha necesitado cambiar de look como lo intentó Raúl para frenar su decadencia. El Madrid de final de temporada es un concesionario de carros y una concentración urgente de peluqueros y tatuadores: de ellos también será la Liga, si llega. Ser entrenador del Madrid en la victoria es el trabajo con menos responsabilidad del mundo.

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