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El club de la nueva aristocracia

El Barça se encuentra hoy a la deriva pero con el mar en calma, ausente cualquier tipo de contestación social

El presidente del FC Barcelona, Josep Maria Bartomeu.
El presidente del FC Barcelona, Josep Maria Bartomeu. EFE

Parece que se confirman los mejores pronósticos y el Fútbol Club Barcelona acaricia con la yema de los dedos el final de una temporada que, salvo sorpresa de última hora, arrojará un balance absolutamente histórico. Tan solo una victoria en la final de Copa podría enturbiar la amable percepción de unos aficionados que han visto cómo su equipo, constante y categórico, ha ido arrojando por la borda cada una de las grandes competiciones disputadas con ese desdén aristocrático que siempre acompaña a los grandes hundimientos. Su actitud me ha recordado a la de aquel noble inglés que se negó a salir a la cubierta del RMS Titanic con una mancha de vino en la camisa y murió en su camarote, en compañía de su ayuda de cámara, tratando de decidir si tan grave ocasión obligaba al uso de las mejores galas o, si por el contrario, resultaría más conveniente afrontar la catástrofe luciendo cómodas prendas de sport.

Ya se sabe que el amor es un motivo mucho más peligroso que la antipatía y los alarmantes traspiés de la actual plantilla, encumbrada durante el verano como la mejor de su centenaria historia por crítica y público, han sido acogidos por el aficionado medio con el júbilo de quien encuentra en la muerte de un familiar querido la ocasión perfecta para loarlo. Algo ha cambiado en este club de clubes, en esta nación de naciones, al que algunos nos aficionamos por la tendencia manifiesta de sus hinchas a la disparidad y la crítica pero que, en los últimos tiempos, se pasea por las competiciones de más solera con la complacencia habitual del hijo único, consciente de que sus padres se mostrarán indulgentes por el mero hecho de ser el único portador de una determinada herencia genética.

Especialmente durante la presidencia de Joan Laporta (la más exitosa de cuantas se recuerdan y recordarán durante mucho tiempo, sospecho) se hizo evidente la fractura existente entre los diferentes sectores que componían el conjunto del barcelonismo, aquel fenómeno canallesco pero divertido que fue bautizado como la guerra de los ismos. Entre discusiones, votos de censura y campañas de prensa desestabilizadoras se fraguó el milagro de un equipo que lo ganó todo varias veces y asombró al mundo con un estilo muy particular, tanto que algunos llegamos a confundirlo con la única versión aceptable de un deporte que había nacido para jugarse en corto, con futbolistas bajitos y vaporosos tejidos azulgrana.

Acabar con los ismos se convirtió en la principal preocupación de una directiva, la actual, perfectamente consciente de que apenas una minoría del censo se rebelaría frente a su mercantilismo disfrazado de modelo, su incapacidad teñida de victimismo y su odio intestino a la figura de Johan Cruyff, convenientemente rebozado en harina de buenas palabras. Así, el club se encuentra hoy a la deriva pero con el mar en calma, ausente cualquier tipo de contestación social y con la histórica rauxa centrada en los supuestos hilos sin remordimientos que todo lo disponen desde la capital. El viejo socio de pañuelo y bocadillo se ha convertido en un moderno snob de pose aristocrática que se conforma con sus prebendas y adora la decadencia. La situación exigiría algún tipo de reacción pero tal cosa se antoja harto improbable: al fin y al cabo, un noble a favor de las reformas no sería muy distinto de un cebado capón a favor de la Navidad.

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