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Wawrinka nunca está, pero siempre aparece

Campeón heterodoxo y de explosión tardía, el suizo se ha consolidado en los tres últimos años como la alternativa más sólida a los tres gigantes y Murray. "Mentalmente no me va a ganar nadie", advierte

Wawrinka celebra su triunfo contra Murray en las semifinales.
Wawrinka celebra su triunfo contra Murray en las semifinales. Getty

Dicen, no sin razón, que Stan Wawrinka (Lausana, 32 años) no está, que se dispersa demasiado y que juega solo a la carta, cuando le apetece y el reto es lo suficientemente importante como para que el suizo estire las piernas y se desperece. Ocurre que Stanimal, como se le conoce por la violencia de sus tiros, adquirió con la treintenta esa maravillosa virtud de estar sin estar, o más de bien de aparecer cuando le da la gana, cuando la ocasión lo merece de verdad y delante hay la posibilidad de darle una muesca a la historia. El resto lo aborrece.

Vive el suizo de momentos, de fogonazos, pero siempre certeros. Hoy encara su cuarta final de un Grand Slam y en las tres anteriores siempre acabó con la copa entre las manos. Jamás fue un tenista regular a corto plazo, semana a semana, pero en realidad nunca lo pretendió. Prefiere esperar su momento o bien dilatar la frecuencia, porque en los tres últimos cursos siempre ha protagonizado momentos importantes. Y así, de una forma heterodoxa, o sencillamente diferente, ha ido esculpiendo una trayectoria en la que además de los majors de Australia, París y Nueva York hay un título de la Copa Davis (2014) y un oro olímpico en los dobles de los Juegos de Pekín (2008).

Es Wawrinka un jugador de dentelladas, de zarpazos. Criado en una granja de animales —“el campo me ayudó a valorar el esfuerzo”, contaba a este periódico el pasado 9 de mayo—, ha sabido encontrar un espacio propio a pesar de vivir a rebufo de Roger Federer, el tótem de su país. “Ahora impongo respeto”, decía en aquella entrevista en la Caja Mágica de Madrid, donde también advertía que todavía no ha alcanzado su cénit y que le quedan varios años de buena cuerda.

"Es complicado porque es agresivo. Hay momentos en los que él golpea muy fuerte a la pelota y es complicado pararle", radiografía Nadal; "no puedo evitar que él le pegue muy fuerte a la pelota pero sí puedo influir desde qué posiciones le pega; si lo consigue, sus posibilidades de éxito serán abundantes, pero si yo consigo jugar largo y con una intensidad lo suficientemente alta, tirando fuerte yo también, entonces sus opciones de éxito serán menores".

Impulsado por el sueco Magnus Norman, tiene un revés como un cuchillo y por encima de todo ha despejado esa cabeza traicionera de su juventud. “Mentalmente sé que no me va a ganar nadie, porque tengo mucha confianza en mí mismo”, dice estos días el suizo. “Jugar contra Rafa en tierra es probablemente el mayor reto que puedas tener en el tenis”, desliza, “pero es una final y la presión va a estar en ambos lados. Seguro que él es el favorito, pero ya lo hice en el pasado [contra Novak Djokovic, en 2015], así que ya veremos qué ocurre el domingo”.

Sea lo que sea, Stan ya tiene licencia para sentirse importante.

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