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El poder de la convicción

La certeza es una ilusión escurridiza, pero su hermana la fe es un arma poderosísima

Toni Nadal le entrega al trofeo de Roland Garros a su sobrino, ayer en París.

Los niños aceptan bastante mal la incertidumbre y el miedo que esta produce. Es por esto que reclaman respuestas que les den tranquilidad. De mis tres hijos, el pequeño es, aparte de un niño, uno particularmente insistente. Esto le ha llevado a formularme la misma pregunta casi todos los días de los últimos años. “Papá, ¿crees que Rafael volverá a ganar un Grand Slam?”. En los últimos meses, se ha referido particularmente a Roland Garros.

Cada vez le he dado la misma respuesta. Por convicción y porque quiero que se eduque en el ejemplo. “Yo creo que sí, Joan. Porque es lo que quiero creer y porque es imposible trabajar con total entrega si tú no crees que vas a conseguirlo”. Al final, acababa diciéndole: “Intenta hacer lo mismo tú. Aplícate convencido de que vas a lograr lo que persigues”.

La noche previa al partido salimos a cenar a un restaurante japonés que está al lado del hotel. Éramos el equipo al completo y mantuvimos un ambiente muy relajado y alejado de cualquier comentario sobre la final. En esos momentos, cuando la inminencia ataca y la inquietud es inevitable, intentamos que Rafael se vaya a descansar pronto y que logre conciliar el sueño. Complicado.

El domingo por la mañana, llegamos al club temprano y después del calentamiento en la pista 3, que nos dejó con buenas sensaciones, nos dirigimos al vestuario y ya no salimos de él hasta que salimos a la pista. Ahí es donde empieza la cuenta atrás. No perdonamos las partidas de parchís de rigor. Pensamos que mucho daño no podían hacer y, a continuación, ya se empezó a hablar del partido. A medida que se iba acercando el momento, la tensión y los nervios se hacían más patentes.

Era el momento de transmitirle seguridad, tranquilidad y también de quitarle gravedad al momento. Le recordé que una victoria o una derrota no iba a cambiarle la vida, que tuviera máxima confianza en él mismo y, sobre todo, en el gran trabajo que ha hecho durante todo este año. Le recordé que sólo tenía que seguir haciendo lo que sabe hacer. Los mensajes de aliento se iban combinando con mensajes técnicos y con los mensajes que le iban dando también Francis y Carlos.

Mi sobrino llevaba desde el año 2014 sin levantar un trofeo de Grand Slam. Ha arrastrado problemas físicos y psicológicos que lo han puesto al límite de su confianza. Las dudas sobre su futuro, los vaticinios, cábalas y expectativas ajenas no desmerecían las suyas propias y las de los que le rodeábamos. En el mes de noviembre Rafael y yo mantuvimos una conversación en su Academia y se la recordé.

Sentados en un sofá que hay en una zona apartada le pedí a Rafael que recuperara su intensidad, que recuperara la posibilidad de volver a ser el número 1 en tierra batida. Le pedí que volviera a creer en su capacidad de lograr su décimo Roland Garros, porque sólo con su convencimiento podíamos hacer el trabajo que en la final se le recompensó. Nada más acabar el partido llamé a mi hijo Joan y le recordé lo que le había repetido tantas veces a lo largo del año: “¿Ves lo que te había dicho? Te dije que Rafael ganaría Roland Garros y lo ha hecho.

La certeza es una ilusión escurridiza, pero su hermana la convicción es un arma poderosísima que proporciona retos tan increíbles como este décimo Roland Garros.

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