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Suyos y nuestros: Cristiano, Messi y la fiscalía

Vivimos en un país donde importan más los sentimientos que los hechos, en una sociedad que no desaprovecha una oportunidad de mostrar sus vergüenzas

FOTO: Cristiano Ronaldo, durante la celebración de la duodécima del Madrid en el Bernabéu. / VÍDEO: Declaraciones de Ronaldo sobre las acusaciones de la Fiscalía.

Ha bastado con que la Fiscalía Provincial de Madrid presentase una denuncia por fraude fiscal contra Cristiano Ronaldo para que cualquier ciudadano medianamente sensato pueda visualizar, con absoluta claridad, el lupanar en que se han convertido el fútbol español y sus asfixiantes entornos. Ateniéndonos al comunicado del ministerio público, el futbolista se habría aprovechado de una estructura societaria creada en 2010 “para ocultar al fisco sus rentas generadas en España” en concepto de derechos de imagen, un intento “voluntario y consciente” de eludir sus obligaciones fiscales con este país. La noticia, a la espera de lo que dictamine la justicia, no debería ofrecer margen a la interpretación pero, por suerte o por desgracia -uno ya no sabe qué pensar- vivimos en un país donde importan más los sentimientos que los hechos, una sociedad de suyos y nuestros que no desaprovecha ni una sola oportunidad de mostrar sus vergüenzas.

Así pues, sin apenas necesidad de poner un pie en la calle, uno puede encontrarse hoy con la opinión de parados, mileuristas y pensionistas abrazando el mantra de que pagar impuestos es cosa de pobres, convencidos por goleada de la inocencia del portugués y dispuestos a justificar la incívica conducta aunque en sus neveras brille la nada: el madridismo más visceral, supongo, exige este tipo de sacrificios. En la otra orilla, en cambio, abundan los comentarios de satisfacción por la actuación de la fiscalía aunque no tanto por civismo y sentido de la responsabilidad como por el hecho de que el denunciado, en esta ocasión, es la estrella del equipo rival. Mención aparte merecen los indignados de naturaleza paranoide, habituales agitadores de foros y redes sociales que nunca parecen conformes con nada y que, a esta hora, siguen buscando los tres pies al supuesto gato: la última hora apunta a un contubernio demoniaco por el cual los principales medios de comunicación evitan publicar fotos de Cristiano con la camiseta del Real Madrid, entiendo que preocupados por la posibilidad de que alguien pueda relacionar a Ronaldo con algún equipo de las categorías inferiores de Dolce & Gabbana.

El pasado verano, tras conocerse la condena a Lionel Messi por un delito similar, el propio Fútbol Club Barcelona lanzó una campaña que reclamaba a “socios, peñistas, aficionados, deportistas y medios" su apoyo al futbolista “mostrando las manos abiertas”: se trataba, parece evidente, de una reivindicación gestada al amparo del sonido electro-latino. Aquel despropósito institucional se etiquetó bajo el lema “Todos somos Messi”, como si por el mero hecho de ser culé tuviese uno que apechugar, al menos moralmente, con los delitos cometidos por su ídolo. Meses después, espoleados por el éxito de tan singular convocatoria, las mismas cabezas pensantes imputaron al club dos delitos fiscales, como quien regala un par de zapatos, y de la nula reacción de sus socios cabe intuir que se limitaron a subir la música, juntar pechito con pechito y mostrar las manos bien abiertas, al compás.

El tiempo y la justicia dictarán qué sucede con Cristiano Ronaldo y el supuesto fraude, pero una vez más ha quedado demostrado que el hambre de justicia se confunde, demasiado a menudo, con la sed de venganza. El pantojismo militante ha llegado para quedarse y aconseja cerrar los ojos para no desfallecer ante la evidencia de que, también en ámbitos capitales de nuestra sociedad y más allá del fútbol, el delito siempre se condena como patrimonio exclusivo de los otros, nunca de los nuestros.

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