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“Me voy”

No es la primera vez que Cristiano insinúa que se marcha del Madrid y después se queda

Un niño con una foto de Cristiano en la grada del Kazan Arena antes del Portugal-México.
Un niño con una foto de Cristiano en la grada del Kazan Arena antes del Portugal-México. REUTERS

“Me voy” es una frase breve, o al menos bastante breve, cuya pronunciación proporciona una paz automática, temporal y quizá secreta. Desahoga. En un sentido resulta vagamente destructiva, al tiempo que placentera, como arrojar un florero contra el suelo o descalzarse y aplastar con el zapato un mosquito posado en la pared. No piensas más allá de vocalizarla, y para eso no hay que pensar. Dices “me voy” y solo a lo mejor después calculas qué has dicho. “Me voy”, como según algunos medios portugueses habría dicho Cristiano Ronaldo al saber que la fiscalía española le pisa los talones, representa una respuesta en caliente a una situación amenazadora. No equivale a un punto culminante y frío, sin retorno, como lo sería un “me fui”. “Me voy” funciona como un aviso, o una especie de resumen de algo más sofisticado, necesitado de frases subordinadas, que de pronto se te pasa por la cabeza. Cuando una situación te acecha dices “me voy” y te pones al lado de la puerta, incluso de la ventana, porque cuando estás dispuesto a irte de un sitio, te vas por donde haga falta.

La vida está llena de “me voy". Puede que al decirlo solo estás expresando que te vas a la cama, a leer, a la calle, o al cementerio. En Camino de Los Ángeles, primera novela de John Fante protagonizada por Arturo Bandini, este no para de decir “me voy”. Primero, cuando consigue un trabajo en el puerto, cavando zanjas. “Me voy de aquí”, afirma un día, cansado del pico y la pala. Se hace lavaplatos. Aguanta cuatro semanas. Le parece un empleo con poco futuro. “Se acabó”, le anuncia a su jefe, y se marcha. Se hace ayudante de camionero. Pero su jefe, un tipo fuerte y tatuado, es un indeseable. “Me voy. Tú y tus ridículos músculos os podéis ir a la mierda”, le dice, y entra a trabajar en una tienda de comestibles. El día que desaparecen diez dólares, el dueño lo despide de mala manera. “No se altere. Ya me voy”, replica, para tener la última palabra.

“Me voy” no te obliga a marcharte. Simplemente, sugieres que podrías hacerlo. No es la primera vez que Cristiano insinúa que se marcha del Madrid y después se queda. En algunos momentos la determinación es tanta que dices que te vas y sí, te vas. El portazo suena a “Estoy harto”. ¿Quién no soñó que se levantaba una mañana muy temprano, aunque no demasiado temprano, y anunciaba “Me voy. Chao. A la mierda”, y se largaba a vivir a otro sitio, sin ataduras? Al llegar la hora, así huyen de casa algunos adolescentes. Improvisan la mochila, se suben a su bicicleta y después de unos pocos kilómetros, ante una recta larguísima, dan la vuelta a tiempo de cenar en casa. Ni siquiera hay que ser un adolescente. Hace unas semanas, Griezmann se marchó así, sin irse. Tenía la maleta preparada. Anunció que había un sesenta por ciento de posibilidades de salir del Atlético, y a los pocos días renovó con el club. En ocasiones “me voy” actúa como una metáfora de “quiéreme” o “págame”, a su vez expresiones brevísimas y hondas. Pero qué vamos a contarle a Cristiano Ronaldo, que es el gran renovador de esta literatura.

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