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Navajazos entre putrefactos

La Federación Internacional de Ajedrez dice que su presidente, Iliumyínov, ha dimitido, pero él lo niega

Kirsán Iliumyínov, durante el reciente Mundial Femenino en Irán. Ampliar foto
Kirsán Iliumyínov, durante el reciente Mundial Femenino en Irán.

Inundados de sospechas de corrupción, quienes cortan el bacalao en la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE) necesitan un nuevo millonario que quiera tapar su manifiesta incapacidad para presidir un organismo con 188 países afiliados en riesgo de bancarrota. El ruso Kirsán Iliumyínov, de cuyas ubres financieras han mamado desde 1995, ya no les sirve, porque está en la lista negra de la Casa Blanca por su cercanía al líder sirio, Bachar El Asad. La FIDE ha anunciado que su presidente dimitió el domingo, pero el estrafalario Iliumyínov lo niega.

Érase una vez un filipino más listo que el hambre, Florencio Campomanes (1927-2010), amoral, para quien el fin casi siempre justificaba los medios. Gracias a ese principio básico, su astucia e inteligencia extrema, y a toda clase de martingalas y engaños, logró ser casi tan famoso como Anatoli Kárpov y Gari Kaspárov entre 1985 y 1990, y recaudó mucho dinero, tanto para las arcas de la FIDE como para su cuenta en un banco suizo. Por ejemplo, en 1987 se inventó las supuestas candidaturas de Buenos Aires y Abu Dabi (Emiratos Árabes Unidos) para que Sevilla tuviera que poner aún más dinero si quería ser la sede del Mundial, que duró casi tres meses y costó el equivalente de unos 4,5 millones de euros. En la capital andaluza, Campomanes hizo pleno uso de un inolvidable artículo del reglamento: “Los principales [directivos, árbitros, miembros del Comité de Apelación, etc.] podrán comer y beber cuanto quieran, donde quieran y cuando quieran a costa del Comité Organizador”; ello se tradujo, por ejemplo, en botellas de Vega Sicilia, el vino español más caro en aquel momento.

Campomanes fue condenado en su propio país por malversación del dinero público destinado a organizar la Olimpiada de Ajedrez de 1992. Pero él mismo encontró, en 1995, un mirlo blanco para que las cuentas de la FIDE siguieran bien saneadas: Kirsán Iliumyínov, gran amante del ajedrez, presidente entonces de la república autónoma rusa de Kalmukia (cerca de Chechenia, a orillas del Mar Caspio), uno de los muchos nuevos ricos que surgieron tras el desmantelamiento de la Unión Soviética (1991), cuando la ley de la selva económica y el impago de impuestos primaban en el país más grande del mundo.

Florencio Campomanes, en 1983.
Florencio Campomanes, en 1983.

Para ser justo con Iliumyínov hay que subrayar que, hasta 2014 (cuando las sanciones contra Rusia afectaron mucho a sus oscuros negocios), ingresó mucho dinero en la FIDE (ya fuera propio o de otros filántropos), aunque quizá no tanto como los 80 millones de dólares que él dice. Gracias a él, varios burócratas chupópteros que ocupan cargos directivos en la FIDE han vivido muy bien; su líder, el griego Georgios Makrópulos, es ahora el presidente adjunto y lleva incrustado en esas poltronas desde mediados de los ochenta. Gracias al dinero que Iliumyínov regalaba puntualmente a quienes le votaban, las federaciones latinoamericanas, gobernadas con mano de hierro por Jorge Vega, cubano hasta que tuvo que marcharse de su país en circunstancias muy turbias, han podido mantener vivos sus torneos continentales y regionales, a cambio de apoyar en bloque al ruso con una fidelidad a prueba de bombas y escándalos. La Federación Española, que estuvo en la oposición a la directiva de la FIDE desde que Iliumyínov tomó el poder, votó por él en 2014.

Pero la dulzura de los millones de Iliumyínov contrasta y chirría al hilo de algunas noticias en las que fue protagonista principal. El asesinato de la periodista Larisa Yudina, opositora del Gobierno de Kalmukia, por el que fue condenado un cercano colaborador del presidente. Sus amistades -de las que él mismo hizo gala- con personajes tan peculiares como Sadam Hussein, Muamar El Gadafi o Bachar El Asad. Un supuesto secuestro, que él mismo describió en público con pelos y señales, por extraterrestres, que le llevaron a no sé qué planeta a jugar al ajedrez un rato, y luego lo trajeron de vuelta a casa. Y un largo etcétera que incluye abundantes anuncios incumplidos; por ejemplo, que había fichado a Maradona para el club de Elistá, capital de Kalmukia.

Y para completar el cuadro no podía faltar la bochornosa escena que vivimos en Tromso (Noruega), en agosto de 2014, el día de la última reelección de Iliumyínov. Su rival era Kaspárov, quien aprovechó sus 15 minutos de discurso inmediatamente antes de la votación para anunciar que, si él era elegido, el conocido mecenas estadounidense Rex Sinquefeld invertiría 10 millones de dólares en la FIDE. A continuación, habló Iliumyínov, y con un descaro olímpico dijo que él pondría 20 millones, a pesar de que él mismo y una gran parte de sus votantes sabían que era mentira, como reconocieron poco después por los pasillos.

Iliumyínov, Makrópulos y sus mariachis han sido incapaces, durante los últimos 22 años, de lograr patrocinadores corporativos internacionales que no fueran de raíz rusa (salvo alguna rarísima excepción). Tamaño fracaso sólo puede calificarse de incompetencia supina si se tiene en cuenta que la FIDE aglutina a 188 países, que el ajedrez es el único deporte que puede practicarse por Internet, que su imagen está ligada a la inteligencia, que tiene un enorme valor educativo, que su infraestructura básica (tablero y piezas) tiene un coste bajísimo… El último ejemplo de ese fracaso sostenido fue que la FIDE tuvo que conceder la sede del Mundial Femenino 2017 a Irán, a pesar de que ello obligaba a todas las participantes a jugar con velo, porque no había otra candidatura.

Iliumyínov, con los organizadores emiratíes del reciente Gran Premio de la FIDE, en Sharjah. ampliar foto
Iliumyínov, con los organizadores emiratíes del reciente Gran Premio de la FIDE, en Sharjah.

Eso sí, Iliumyínov viajaba con su pasaporte diplomático por los más remotos países, vaya usted a saber para qué oscuros propósitos. La realidad oficial es que lo hacía para promover el ajedrez, y de hecho publicaba fotos con presidentes de Gobierno o altas autoridades, y frecuentemente con ministros de Educación, anunciando maravillosos planes -que casi nunca se han cumplido- para introducir el ajedrez en los colegios de esos países.

Nunca olvidaré la reunión de la Comisión de Ajedrez en las Escuelas del Congreso de la FIDE en Tromso, pocos días antes de las elecciones de 2014. Uno de los mensajes más claros e indiscutibles de Kaspárov durante su campaña electoral fue: “El futuro del ajedrez deportivo depende mucho del éxito del ajedrez educativo”. Consciente de que ese mensaje podía atraer votos, uno de los secuaces más fieles a Iliumyínov y Makrópulos, el israelí Israel Gélfer, tomó la palabra nada más iniciarse la sesión para asegurar que esa idea no era de Kaspárov sino de la FIDE. Ciertamente, Iliumyínov se ha llenado la boca con frases parecidas.

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Además, los presidentes de las comisiones Ajedrez en las Escuelas y Acción Social, el irlandés Kevin O’Connell y la chilena Beatriz Marinello (residente en EE UU), respectivamente, son dos de los directivos más competentes y honrados de la FIDE. Pero están atados de pies y manos por una lacerante escasez de dinero y recursos, a pesar de que ambas comisiones deberían ser de las más importantes junto a las imprescindibles por motivos técnicos (árbitros, reglas, ránking Elo…). ¿Y por qué no hay dinero? Porque basta teclear el nombre de Iliumyínov en Google para que a cualquier patrocinador potencial se le quiten las ganas de ligar su imagen con semejante personaje, por muy atractivo que pueda ser el ajedrez como campo de inversión. El sentido común indica que por acentuados que sean los defectos de Kaspárov (inexperiencia como gestor y arrogancia son los que más se le reprochan), merecía al menos la oportunidad de acertar, dada su enorme popularidad internacional tras haber sido el número uno durante 20 años consecutivos.

Y así llegamos a la esperpéntica situación de los últimos días. La Junta Directiva se reúne en Atenas. Según la FIDE, Iliumyínov anunció que dimitía, pero él dice que no, y de hecho nadie ha presentado una renuncia escrita y firmada por él. Iliumyínov culpa de difundir rumores, por un lado, “a los americanos” (Kaspárov es ahora residente en Nueva York), y por el otro al director ejecutivo, Nigel Freeman. Makrópulos ha publicado hoy mismo una carta abierta en la que asegura que Iliumyínov dimitió verbalmente “varias veces” y le culpa de “sus propios errores”.

Georgios Makrópulos, durante la Asamblea General de la FIDE, en Tromso 2014.
Georgios Makrópulos, durante la Asamblea General de la FIDE, en Tromso 2014.

La FIDE está en claro riesgo de bancarrota, como se pudo constatar el pasado septiembre durante la Asamblea General en Bakú (Azerbaiyán). Todo indica que quienes han vivido de la generosidad de Iliumyínov necesitan limpiar ahora la fachada de ese organismo para hacerlo más atractivo a potenciales mirlos blancos. Falta año y medio para las próximas elecciones, que se celebrarán en Batumi (Georgia) junto a la Olimpiada de Ajedrez de 2018. No hay indicio alguno de que Kaspárov o alguien claramente opositor vaya a presentar una candidatura sólida. Si Makrópulos y sus adictos dan signos evidentes de ruina económica y extrema debilidad, las cosas podrían cambiar. Pero no necesariamente a mejor, porque Iliumyínov tiene, de momento, el apoyo del presidente Vladímir Putin, quien ha declarado públicamente varias veces que el ajedrez es importante, y recuperar el título mundial para Rusia, una de sus prioridades deportivas y de imagen.

Mientras los navajazos de esos directivos cortan el aire y esparcen jirones de carne, millones de niños se benefician de las virtudes pedagógicas del ajedrez en muchos países, y el número crece cada día, gracias al ingente trabajo de gentes que nada tienen que ver con la putrefacta FIDE. Por fortuna, el futuro del ajedrez depende sobre todo de ellos.

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